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Todo cuanto se olvida detrás del hambre; por Sheyla Urdaneta

venezuelaplus.opennemas.com | 23 de Marzo de 2017

"El hambre es la metáfora más violenta de la desigualdad. […] ¿Cómo carajo conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?” Martín Caparrós

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“Todo fue un engaño y ahora no podemos comprar nada ni comer nada. Yo tengo como un año sin comer carne o pollo. Ya no recuerdo a qué sabe esa comida”. Fotografía de Iván Lugo

Es martes, son las diez de la mañana y en Maracaibo hace calor. Un calor que parte huesos. La temperatura está por encima de los 40 grados y aquello saca lo peor de cada uno de los olores que se mezclan en la basura. Ese día se reunieron tres hombres, cuatro niños y dos mujeres: una joven y otra mayor.

“Si quiere se quita, porque a lo que yo mueva esta bolsa va a oler a mierda”. Tuvo razón. En el mismo empaque había cueros de pollo, grasa de carne, pellejos, sangre podrida, todo mezclado con un líquido verde.

Pero pocas cosas importan cuando hay hambre.

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La piel les forra los huesos. Las costillas se les pueden contar de una en una a simple vista. También las vértebras de la columna. Ninguno recuerda cuándo fue la última vez que comieron sentados en su casa, la última vez que comieron en familia, la última vez que no comieron basura.

Tienen hambre.

Comenzaron a reunirse los martes y los jueves. Después iban cada vez que podían. Ahora van “casi siempre y otros hasta se quedaron a vivir por aquí”. Las Pulgas, el mercado marabino, es su casa grande y el basurero es su despensa, su cocina, su comedor. Es ahí donde buscan qué comer y donde pueden comérselo.

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Durante los dos meses previos a este testimonio, tres niños habían muerto como consecuencia de su mala alimentación.

Vienen caminando desde el oeste de Maracaibo, aunque a veces le piden la cola a los autobuseros. En ocasiones se quedan a dormir en las mesas de los buhoneros y esperan que baje el sol para buscar la comida de ese día o del día siguiente o de todos los días, porque todos los días tienen hambre.

Tener hambre se les convirtió en un lugar común.

Explican que en los últimos dos meses el hambre ya les mató a tres niños: uno de año y medio que pasó tres días sin comer, otro que tenía tres años y pesaba poco más de cuatro kilos y otro que tenía un año y pesaba menos de tres.

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Luis Miguel Pérez era policía y cuenta que cayó “en desgracia”. Recuerda que lo mandaron a un enfrentamiento, descubrió que su mujer estaba involucrada “en una marranada” y la mató. “Yo no vivía en Maracaibo. Yo no era un malviviente. Tuve que cambiarme hasta el nombre”.

Junto a sus acompañantes selecciona “lo que sirve para cocinar y lo que no”. Más atrás, sobre tres piedras, encendieron palos, hojas y basura para montar dos latas con agua. Ahí metieron unos pedazos de verduras que recogieron del suelo y lanzaron los huesos y los pellejos. Mientras, el olor a cilantro se mezcla con lo nauseabundo de la carne en descomposición. “Con esto queda una sopa buena”.

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“Esto por lo menos es un trabajo. Pero lo que sí no le perdono a nadie es que yo tenga que trabajar en esto. Los primeros días me iba en vómito, pero me limpiaba y pa’lante. Pensaba en la cara de mi muchachito que tiene un año y no toma leche desde hace… ¡ufff! Él lo que come ahorita es maíz cocido con un poco de azúcar. Y le gusta. Se lo toma todo. ¿Leche? ¡Ni me acuerdo cuándo fue la última vez que tomó!”.

 Irene Castillo tiene 20 años y es madre de un niño de un año. Ella quería ser maestra. “Me quería parecer a una profesora, pero no pude terminar de estudiar. Me pasó lo mismo que a mi mamá, que quería ser doctora y tampoco terminó de estudiar y entonces llegó mi papá y le montó la primera barriga. Ella tenía 15 años. Yo por lo menos parí a los 19”. Trabaja en el Relleno Sanitario recogiendo plástico, vidrio, cartón y aluminio. “Por el muchachito fue que me tuve que venir a trabajar aquí en el relleno. Comencé en enero de 2016 y mirá lo curtía que estoy”.

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Irene trabaja en el Relleno Sanitario desde enero de 2016. También lo hacen tres de sus hermanos. Su familia, conformada por de diez personas, come y vive de la basura. Fotografía de Iván Lugo

 

Irene trabaja en el Relleno Sanitario desde enero de 2016. También lo hacen tres de sus hermanos. Su familia, conformada por de diez personas, come y vive de la basura

En su casa son diez personas, sin contar a su papá y a su mamá. Cuando comenzó a trabajar en el Relleno Sanitario le dejó el bebé a su abuela, a la madre de su padre, para que lo cuidara. Decidieron mudarse del barrio donde vivían para estar más cerca del Relleno. “Aquí hay negocios y tres de mis hermanos y yo vivimos de esto”. Una buena parte de la comida de su familia también sale del basurero.

 “Yo no como bien desde que a los del gobierno se les metió en la cabeza que había que cambiar el Mercal por el PDVAL y el PDVAL por el Mercalito. Todo fue un engaño y ahora no podemos comprar nada ni comer nada. Yo tengo como un año sin comer carne o pollo. Ya no recuerdo a qué sabe esa comida. A veces, en la casa, comemos arroz o arepa sola o lo que conseguimos en la basura. Lo que yo te digo de la basura es verdad. A veces sólo comemos lo que conseguimos aquí”.

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Detrás de estas historias, comer ya no es un hábito. Luis Miguel habla de su hambre con rabia. Dice que está cansado de que lo miren mal. “¿Acaso tener hambre es pecado? Yo no me voy a morir tan fácilmente. No se la voy a poner fácil a nadie”.

 – ¿A quién?

– A ninguno de los que me miran con asco.

– ¿Cómo sabe que lo miran con asco?

– Porque me miran como si yo estuviera comiendo mierda.

 

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Ninguno de ellos recuerda cuándo fue la última vez que comió en una mesa con su familia. Fotografía de Iván Lugo

 

Las mujeres siguen revolviendo el caldo con un palo que sacaron de la misma basura. Se lo llevan a la boca para medir la temperatura del agua y el sabor de la sopa.

 “Lo que no mata engorda”, dice uno del grupo.

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“¿Me podéis hacer un favor? ¿Cómo hago yo para decirle a la gente que amarre bien las sobras? Si dejan carne o pollo o arroz o espagueti, que lo amarren bien en la bolsa que va pa’ la basura y que boten la ensalada aparte. Es que si la meten con la comida la ensalada se daña y nos echa a perder todo lo demás”.

***

Esta crónica de Sheyla Urdaneta con fotografías de Iván Lugo forma parte del especial de Prodavinci “El hambre y los días”. Puede ver el trabajo completo haciendo click acá.

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